Pasean cada tanto por mi Planeta Infierno:

martes, 3 de junio de 2014

Vas a matarme con tu forma de ser.

El chofer pregunta si es cierto que el amor es ciego.
Ellas dos lo analizan. Él sin pensarlo dice que es ciego, sordo, y pelotudo, y ahí ellas le hacen el coro. Desde un costado al fondo, la cuarta voz dice "No, no es ciego, solo es pelotudo, porque ve y no hace caso, no le importa". Sólo ellas dos estuvieron de acuerdo con Ella; el chofer y Él, que va sentado en el asiento del acompañante, dan por terminado el tema. Esto recién empezaba, Ella había tenido una revelación, se había adelantado a los hechos, y había sellado los días venideros. Sabía como eran las cosas, podía ver casi con claridad a que se enfrentaba, y no le importaba, porque quizás esto no era amor, seguramente no lo era, pero desde lejos se notaba que era un sentimiento exactamente igual de pelotudo.
Se fue con Él, que minutos después, entre discusiones ajenas y alcohol en sangre, hacía promesas que nunca iba a poder cumplir, promesas sin prometer, cosas que no iba a recordar cuando se despertara por la tarde. Él no, pero Ella si.
"Me importás". "Podríamos ponernos las pilas". "Me molestaría si estas con otro". Seguro Él no iba a poder mantener nada de eso en el tiempo, y con 'en el tiempo' no nos referimos a años, quizás apenas estemos hablando de horas, de varios cientos de minutos. Probablemente todas esas palabras iban a estar sepultadas, olvidadas, y consumidas por gusanos esa misma tarde, como los cuerpos de aquellos que hace tiempo nos dejaron, que con los años se convirtieron en huesos o cenizas. No le importó, se aferró a esas palabras para sonreír un rato, su situación era -para Ella misma- tan patética, que esas eran la únicas palabras "de amor" que había escuchado en años, aunque eso fuera algo recordado días después.
Era cierto, Ella no había escuchado un 'Te quiero' en 4 años, y ahí estaba él, diciéndoselo, aunque no supiera si debía o no creerselo. Ahí estaba Él, rompiendo un silencio que se había prolongado en el tiempo, un silencio que la había llenado por completo, vaciando antes todo su cuerpo y ocupando así cada rincón. Ella respondió con algo que sonaba casi a súplica: 'No me pelotudees'. Puede haber sonado arrogante, puede haber sonado altanero, descreído. No lo era, era todo lo contrario. Le estaba pidiendo que la cuide, le estaba pidiendo que de verdad la quiera. Se lo pedía porque había sido capaz de decirle 'Yo también'. Se lo pedía porque comenzaba a creer. Se lo pedía porque se sabía vulnerable, sabía que Él había descubierto parte de su esencia, y quería cuanto antes pedir piedad, suponiendo que en el peor de los casos, Él no sería capaz de ensañarse con la bondad que dijo encontrar en Ella, y que iba a irse antes de lastimarla. Se lo pidió mientras le decía que no creía en nadie. Él le respondió 'Y que hago para que me creas?'.
El sol de la tarde los sorprendió por la ventana. La vida volvió a ser igual que en el día anterior. O tal vez jamás volviera a ser como antes...