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lunes, 4 de febrero de 2013

Dominguicidio

Empecé terapia, no como quería, pero terapia al fin. La obra social me derivó a un grupo porque aparentemente no estoy tan loca, o quieren ahorrar gastos, o no se. Whatever.
No hice hasta ahora grandes descubrimientos, aunque se aclararon un poco más cosas que ya me temía. Estuve hablando de mi última pseudorelación, y la psicóloga le puso la etiqueta más acertada que pudo, "simplemente estoy pasando el tiempo". Calculo que sufro para acordarme que estoy viva, la vida si problemas es matar el tiempo a lo bobo, dicen por ahí  y es cierto. Mis últimas historias fueron como leídas en una sala de espera, en una espera eterna, pero me compenetré mucho con cada uno de esos cuentos. Construyo sobre arena, donde nada nunca es firme, donde al final todo se destruye. Los últimos dos años o más me encaminé a historias destinadas al fracaso, siempre sabiendo de antemano que no tenía buenos frutos.
Entonces... ¿Qué carajo estoy haciendo? Estoy en una puta sala de espera, leyendo un libro de mierda, con historias cortas, las cuales me atrapan y las vivo en carne propia. ¿Por qué? Porque mi historia no se cerró.
La psicóloga dice que el amor no es sin lo inconsciente, que no se puede calcular ni prever, y al final es cierto. Cuantas veces intenté a conciencia empezar de nuevo? ¿Cuantas veces volví a construir? No lo sé. No lo sé porque dudo de todo lo que hice en mi vida, de todo menos de una cosa. Dudo de cada histeria en la cual me obligué contra mi propia voluntad a sufrir, dudo de casi todo lo que alguna vez en mi vida sentí o creí que sentía. De todo menos de una cosa. 
Enero fue un mes totalmente revuelto, incluso me convertí en el oído predilecto del mismo forro que meses atrás me quitaba el sueño, ese que abarcó mi año casi por completo, el que me dio la dosis de dolor que necesitaba, la dosis de problemas que le hacen a uno darse cuenta de que esta vivo y que el tiempo no se queda quieto nunca.